Amanecer Dorado

Un hombre encapuchado con una sudadera de deporte gris corre a toda velocidad por un callejón del centro de Madrid, mientras el sol comienza a iluminar el horizonte con multitud de tonos anaranjados. Su respiración es pesada, pero aguanta el ritmo. Le siguen de cerca ocho miembros de la Brigada Antiterrorista, encargados de ejecutar la limpieza ideológica y racial que ha decretado el nuevo Caudillo de las Españas.

-¡Alto ahí! ¡último aviso!- grita uno de los agentes retumbando en la madrugada -¡Alto o disparamos!- cacarea de nuevo sin dejar de correr un instante.

El silencio es la respuesta del encapuchado mientras toma la paralela y acelera histéricamente el ritmo de sus zancadas. Los agentes avanzan y al intentar cruzar por el mismo desvio reciben una oleada de disparos de 9mm que mata en el acto a dos de ellos, poniéndose el resto a cubierto para devolver los disparos al momento.

-¡Jefe, han dado a Julián y a Carlos!
-¡Matad a ese cabrón, preocupaos ahora de eso! ¡¿No se supone que iba desarmado y sería un trabajo fácil?!

El intercambio de disparos es intenso, los casquillos ruedan humeantes por el suelo, trozos de ladrillo saltan por los aires con cada impacto de bala y varias alarmas de coches montan ya toda una sinfonía.

El “click” de haber vaciado el cargador obliga a recargar al encapuchado, parapetándose tras un contenedor de basura metálico mientras los disparos riegan su zona. El cargador se escurre por debajo del arma cayendo al suelo e introduce otro lleno en ella. Carga la recámara y se incorpora para disparar de nuevo con el dedo casi apretando ya el gatillo.

Mientras suelta la primera bala, desde detrás suya suena un disparo calculado que le impacta en el cuello. El tiroteo dio tiempo a los agentes para rodearle y no vigiló bien su espalda.

Tras el estallido de acero en su piel, todo sonido se esfuma de sus oidos sustituyéndose por un leve y largo pitido. El calor y el frio dejan ya de tener sentido, pues su mente se va apagando y solo queda ir cerrando los ojos para descansar tras tanto dolor y sacrificio sin recompensa.

<Ahora quedará uno menos para hacer lo necesario, espero que mis compañeros sepan estar a la altura> piensa por última vez, antes de dejar este mundo que no fue capaz de componer para los suyos.

-Comprobad si sigue vivo- dice friamente el sargento.
-Aún respira- responde agachado uno de ellos al lado del encapuchado.
-Pues remátale, ¿a qué esperas? Iré a ver como han quedado los nuestros.

Un aguila sobrevuela los edificios en ese instante, libre en pleno amanecer y sin necesidad alguna de huir, ajena a la oscuridad en que está sumida la tierra de los humanos. Nada de eso importa ya, porque una bala más es todo lo que le queda.

amanecer dorado

2 thoughts on “Amanecer Dorado”

  1. Raquel says:

    me sorprendistes, eso esta bueno, lo lograstes!

    1. Miguel G. Macho says:

      Gracias 🙂

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