Caminar bajo el sol

Te has dejado atrás de nuevo, asustado o embravecido, quién sabe, sin echar un mísero vistazo para ver quién había en realidad dentro de ese tipo al que ya no reconoces, ni quieres conocer.

-Ya no me sirves de nada -te dices- prefiero abandonarte sin agradecer todas las cosas buenas que hiciste por mi, que fueron muchas pero ahora no me importan lo más mínimo. Así que adiós y no me sigas.

De pronto avanzas de nuevo, caminando sin descanso sobre ardiente seda y dulce alambre de espino, confiando como guía en el ansia por lo desconocido que te empuja una y otra vez hacia ese maldito prado que viste en tus sueños. Ese rincón idílico, que por cabezón supone una pesadilla encontrar. Ese agujero bañado por el sol y repleto de hierba alta, en constante oleaje por las caricias del viento. Esa llanura imposible pero tan bien construida en la falacia que supone tu mente, repleta de olores y detalles que jamás presenciarás pero que siempre sentirás muy reales.

Necesitas encontrar ese agujero con el único fin de tenderte a contemplarlo todo una vez más, solo eso, que no es tanto pedir. Un lugar donde merezca la pena pasar un rato, solo un rato, necesitando con prontitud rodar cuesta abajo hasta darte de bruces con ese pedregal hecho camino y que no sabías ni que buscabas, pero que acaba de convertirse en tu nueva ruta por simple casualidad.

-Llevamos los pies descalzos, para de soñar y busca cobijo- le dices al que pronto será el recuerdo de ti mismo, viéndote poco a poco de nuevo.
-¿Sueño? ¿Qué sueño? Si vamos llenos de ampollas y heridas que nos recuerdan a cada paso que andar por esta vida no sale gratis. Que soñar siempre deja alguna marca o cicatriz que tendrás que mirar a la fuerza el resto de tu vida.

Absorto, para variar, te escuchas al alcanzar la primera curva, esperándote a ti mismo erguido y de pie.

-Bienvenido seas. Te aguardaba, muchas gracias por ser capaz de llegar hasta aquí- responde o respondes, no sabes muy bien, sin mostrar emoción alguna.
-¿Ya? ¿Pero y ahora qué?
-Pues para ti nada, porque ya nada depende de ti.
-De nuevo el abandono en vez de seguir juntos- afirmas por última vez.
-Así es. Adiós y no me sigas.

Al menos consuela saber que todo este esfuerzo entre vida y sueños, frustrados la mayoría por suerte, ha servido para que el maldito ingrato que eres continúe caminando hacia ese sueño que no significa nada, pero que a fin de cuentas lo es todo para ti.

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