Posmodernidad y la ideología como fetiche

Las ideologías —y no ideologías— como fetiche de consumo en las sociedades occidentales de la posmodernidad.

La posmodernidad y los posmodernos son sinónimo de lo efímero y esa tendencia idealista dominante de que nada perdura ni llega a merecer la pena actuar por mejorarlo, aunque solo haya que mirar alrededor un segundo para ser testigos del progreso y del actuar humano que busca mejorar —o joder— lo que sea, volviendo absurdo afirmar tal cosa. Aún así se trata de algo masivo y de ahí la denominación de época, al no ser algo aislado y puntual en determinados individuos del hipócritamente llamado fin de la historia.

En nuestro mundo directo manda el individualismo atroz y más extremo. Manda la apatía personal hacia el avance humano en si mismo, el desencanto mayoritario con lo que se consideran generalmente errores irresolubles del malvado ser humano, de la injusta e inmoral sociedad decadente que uno habita donde el individuo pensante, oh intelectual, es una excepción incomprendida y que le lleva a regocijarse en la cómoda carencia total de compromiso político. La ausencia de líderes en favor de los famosos de modas efímeras, de los ideales en beneficio del consumo, de los equipos deportivos en detrimento del Partido. Ideología de la libertad abstracta de las no ideologías, vacía, adoptada como quién escoge un coche o aprende técnicas de cocina hindú, todo demarcado e impuesto en un espectro ideológico de lo más autocrático si nos ceñimos a lo concreto.

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La ideología de masas en la posmodernidad dicta que el éxito está en el individuo y no en la relación del mismo con las condiciones materiales de la sociedad a la que pertenece, el lugar más pobre o rico donde nació y su entorno directo. Ideología que solo se demuestra participando en manifestaciones, asambleas de calle o en ONGs, pues la figura del militante lleva décadas aislada y denigrada en pisoteadas o sectarias minorías. La adultez ideológica sin abandonar la infancia en lo filosófico que adopta y defiende un conjunto de creencias desordenadas y vaciadas de estructura que demarca al individuo según su voto o incluso abstención, nunca con la unión de sus actos que se ven imposibles en lo relativo al cambio político.

Se adoptan etiquetas ideológicas como conservador, socialista, verde, etc. pero sin su carga de profundidad, pues aparecen como relleno comercial al vacío dejado en el sujeto por el nihilismo extremo. Fetiches, ideales transvalorados en elementos de consumo, uno tras otro, con eje rotor en el votante que se dice independiente, libre, que ha pensado y defiende lo que se piensa y vota (o no vota) «porque él se hizo, nunca porque otros hicieron de él». Posmodernidad, el somos especiales y el resto masa borrega tan habitual y bien representado en el típico sarcástico e irónico intelectual incomprendido por las decisiones de la vulgar masa democrática, mientras para sus adentros asume que no merece la pena actuar por nada mientras se consuela con el fetiche ideológico sin perder mucho su tiempo, mejor empleado para crecer como individuo trepando por la pirámide de la vida y el reconocimiento social entre aquellos acomodados que dice despreciar.

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Todo esto parece excepción pero resulta masivo, ya que al sentirnos tan asquerosamente únicos llegamos a convertir algo como la ideología, parte de la superestructura y delimitada por la clase dominante de manera natural, más allá de la percepción personal de cada uno, en un elemento de consumo más, algo inofensivo y nada transformador sino propio del concepto moderno de lo democrático; todo entre muchos otros motivos. La mercadotecnia filosófica sin amo ni claro director de orquesta en estas democracias del sin fin de la historia, con el marketing electoral como motor superficial de los cambios políticos, la publicidad como baluarte máximo de la impuesta libertad de consumo y las compras a crédito financiado como pilar fundamental de la existencia humana considerada más libre y tecnológicamente avanzada. El consumo y la independencia personal como medida misma de la felicidad, que si se razona te empuja al suicidio.

En general nos llegamos a creer dueños de nuestro destino solo por tener cosas, estudiar esto o aquello, trabajando en eso que nos dejan o en lo de más allá por una miseria, boceando humildad pero demostrando prepotencia mientras ignoramos el sacrificio de nuestros antepasados para hacernos llegar hasta aquí. Vamos incluso a la justa mani contra los recortes y votamos con ilusión al sexto partido del cambio a ver si esta vez hay suerte, sin pretender tampoco desmerecer estos actos. Durante todo este proceso el fetiche ideológico se termina abandonando con los años por hartazgo al «no servir la política para nada» o por el contrario se supera y se irá llenando, dotándolo de sentido al formarse con la interacción entre teoría y praxis, creciendo como individuo en su relación con la sociedad en la que se compromete por mejorarla o incluso empeorarla. Siempre hay esperanza, porque lo que fue puede volver a ser mucho mejor y el compromiso con el futuro siempre será imprescindible.

Mercado y nihilismo, serían los términos que mejor resumen la actualidad superficial, mientras en lo profundo el Capital se descojona de un mundo de trabajo cada vez más intensificado, repleto de esclavos y en lujosas ruinas, que tocará reconstruir cuando las sonrisas del éxito personal caigan al ritmo mismo de la sangre y la rabia colectiva.

Salud, todo de colores democráticos, paz mundial, tertulias de gastrobar sobre la posmodernidad y volunturismo quitatrabajos en África.

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5 thoughts on “Posmodernidad y la ideología como fetiche”

  1. Gisela says:

    Estupenda crítica con la que identifico al 110%.

    1. Miguel G. Macho says:

      Muchas gracias Gisela. Un abrazo 🙂

    2. Jaime Yaatusabee says:

      Completamente de acuerdo.

  2. Zoe Guevara says:

    Sí, compa, sí.

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