Siria, la obra mediática de la democracia en acción.

Los disociados hijos de fruta que mueven el mundo están cerrando el cerco más que nunca sobre Siria, siendo precisamente ahora donde más debe cualquier persona con un mínimo de corazón denunciar esta crueldad imperialista que se les echa encima a los sirios.

Todas las potencias involucradas enseñan los dientes, se amenaza con intervenir sin el permiso para genocidios de la ONU y Estados Unidos junto a sus perritos europeos intensifican fuerzas militares en el Mediterráneo. Una vez más, debemos exportar nuestra ilusión democrática, con la gran obra mediática del capital que atonta una y otra vez al mundo.

En el primer acto, tras una buena sesión de anuncios, nuestros imperialistas nos dicen que “todo se decidirá esta semana”, tranquilizándonos con que van a investigar concienzudamente todo el asunto mediante la neutral y objetiva ONU. La población de occidente traga, son espectadores que aceptan la máxima de que nuestros amos hacen el bien y velan por el bienestar de esta triste humanidad, porque esos salvajes islámicos utilizan armas químicas y eso es algo intolerable. “¡Debemos intervenir! proclaman las masas moralmente exaltadas. “¡Bombardearles, matarles y convertir su país en un infierno en vida!” repiten al unísono sin saber muy bien porqué. “¡Se merecen que los liberemos, necesitan democracia!” concluyen todos convencidos, sentándose en las butacas a disfrutar de la Democracia en acción.

Pasando al segundo acto, la actuación se convierte en puro espectáculo democrático. Misiles a 800.000€ la unidad parten de una fragata para democratizar una escuela o un hospital. Decenas de tanques M1Abrams profundizan la costumbre del voto arrasando con obuses sus infames viviendas y hoteles. En escena entran millares de hermosos marines norteamericanos para concluir el despliegue de artificio liquidando mujeres y niños que se resistieron a la libertad, ya que sobrevivieron en las ruinas que antaño fueron sus tiránicos hogares.

Tras el despliegue de medios anterior el tercer acto misteriosamente no comienza, el escenario simplemente se funde a negro y los espectadores reclaman a gritos durante unos minutos. Poco después se levantan y buscan reclamar el dinero de su entrada, pero no hay nadie en taquilla y entienden a las bravas que es hora de marcharse al calor del hogar.

En ese instante un hombre aparece por la entrada, observa como sale la gente comentando en corrillos indignados el asunto y les grita enfurecidos: «¡Estúpidos, no me hicistéis caso! Os avisé y fuistéis todos como borregos a ver lo mismo que en la obra sobre Libia. ¿Al fin lo entendéis o aún no?»

Nadie vió ni sabe como termina, porque precisamente es ese su final.

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